Salón del manga '10, y ya son... ¿7?
Whao! ¿Ya hace tanto tiempo de mi primera vez?
Recuerdo el día en que perdí la virginidad, el día que perdí mi inocencia. Apenas sabía mucho acerca del manga, ni siquiera era capaz de distinguir lo que era un manga de lo que era un anime, no sabía que era el shojo, el shonen o el seinen, y creía hallarme en una dimensión paralela cuando descubrí libros con el lomo a la derecha. Aquel día dejé atrás mi infancia y me convertí en el monstruo que actualmente os está hablando.
Ahora apenas si sé distinguir cuando un libro está editado a modo oriental o occidental, no me ruborizo por cantar el opening de Doraemon en público mientras alzo un puño al aire y mi mano ha cobrado vida propia capaz de dibujar por si sola manga en el lugar más inhóspito.
Pues sí, como Alonso Quijano, yo también salgo a la calle con mi armadura -de Samurai- montado en mi caballo, con mi katana en el cinto en búsqueda de aventuras, derrotando brujas -que son molinos- y sufriendo por el amor no correspondido de mi bella princesa cautiva en las profundidades de la mazmorra de un malvado espíritu.
Y sí, a mi también la sociedad me mira mal, me insulta y no me comprende. Esboza una mueca de asco y arrogancia repudiando mi estilo de vida y mis aficiones. Y yo me pregunto: ¿es más loable entonces salir cada sábado por la noche de fiesta y acabar borracho, vomitando, en la esquina de una acera? ¿Es eso lo que se supone que un joven como yo debe hacer? ¿Entraría dentro de el canon social si dedicase mi tarde a quedarme sentado en el banco de un parque? ¿Fumando? ¿Fumando porros?
Quizás la respuesta es sí, pero si me permiten, un servidor hoy, mañana y cada tarde preferirá ser atípico, soportará todo tipo de de desprecios e injurias, pero se sentará en el sillón de su casa, abrirá un cómic y comenzará a leer todo tipo de historias, que, pese a fantásticas e irreales, siempre serán una mejor opción que vivir la patética realidad del mundo que le rodea.

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